Cuando las palabras disfrazan aceites y plásticos como leche, queso o cuero
“No es leche vegetal. Es agua procesada con aceite”, sentencia René Fuchslocher. Y esa frase, tan directa como incómoda, abre una discusión que no podemos seguir evadiendo: el lenguaje en la industria alimentaria no es inocente, es un arma de marketing y, muchas veces, un disfraz legal.
No es cuero vegano; es plástico. No es leche de avena; es almidón de avena procesado enzimáticamente y emulsionado con aceite de raps. No es queso vegano; es aceite de coco, almidón modificado y dióxido de titanio prensado en lámina. No es carne de origen vegetal; es aislado de proteína de arveja, aceites de semillas y metilcelulosa extruido en forma de hamburguesa. No es alternativa a la mantequilla; es un untable industrial inventado por una empresa de jabones.
El lenguaje no es neutro. Nunca lo ha sido. Y en materia de alimentos, el lenguaje es también un acto jurídico. El Reglamento Sanitario de los Alimentos (DS 977/96) define “leche” con precisión quirúrgica: el producto de la secreción mamaria normal de animales lecheros. Lo que no provenga de una glándula mamaria no es leche. Puede ser nutritivo, funcional, innovador, incluso delicioso. Pero llamarlo “leche” no es creatividad de marketing: es una inexactitud que el ordenamiento jurídico chileno no debería tolerar.
La Ley 19.496 sobre Protección de los Derechos de los Consumidores prohíbe la publicidad engañosa. Su artículo 28 es claro: incurre en infracción quien induzca a error sobre la composición o propiedades de un bien. El nombre de un producto no es un detalle tipográfico. Es información. Es promesa. Es, en muchos casos, el elemento determinante de la decisión de compra.
El caso NotMilk —la bebida de NotCo— puso sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿puede el derecho del consumidor admitir que un producto se denomine mediante la negación de aquello que no es, si esa negación implica sugerir equivalencia con lo que sí existe? “Not Milk” es, en su lógica publicitaria, leche sin ser leche. La referencia es inevitable. El efecto en el consumidor, también.
La industria alimentaria aprendió hace décadas que el nombre vende más que el ingrediente. “Mantequilla vegetal” suena mejor que “emulsión de aceites hidrogenados”. “Proteína de origen vegetal” suena mejor que “gluten texturizado con aditivos”. “Oat milk” suena más aspiracional que “bebida de avena”. El problema no es la innovación —que merece respeto y fomento— sino la apropiación semántica de categorías reguladas para eludir los estándares que esas categorías implican.
El derecho del consumidor existe, precisamente, para que la brecha entre el nombre y la realidad no la pague quien menos información tiene: el que compra. Mientras los reguladores sanitarios y los tribunales sigan procesando esto a velocidad burocrática, el supermercado seguirá siendo un espacio donde el lenguaje trabaja para el fabricante, no para el consumidor.
La ironía más grande no es que vendan plástico como cuero o aceite como queso. Es que llevamos años aceptándolo como sofisticación. Y esa sofisticación, disfrazada de modernidad, es en realidad un engaño que erosiona la confianza en lo que comemos.
René Fuchsloche
